Bebida con mañas

Alfons Mucha, untitled
Imagen tomada de Wikimedia
Hace un tiempo decidí volver al té. Verán, mi cuerpo necesitaba un período de limpieza. De alguna manera, sentía que una temporada tan larga tomando café a diario me había ido ensuciando las tuberías internas, las que sean que tengamos, y clamaba por un descanso. 

Por eso, decía, volví al té. Una bebida simple, ligera, discreta, amable y asimismo estimulante. Un poco de té me lleva de la mano hasta el barrio de Akasaka, en Tokyo, hasta aquel pequeño local con barra libre de tés donde pasamos toda una tarde consumiendo una taza tras otra, cada una mejor que la anterior. 

El té es una bebida con poder, de acuerdo, pero el café tiene sus mañas. El polvo oscuro responde al agua caliente con una columna invasiva de aroma, que se alza y se extiende con toda intención. Lo inunda todo: cada rincón de la habitación, cada rincón de mis células... Hasta que un buen día -digamos, hoy-, ante la pregunta habitual de "¿qué quieres tomar?", mi inercia toma la delantera y termina pidiéndome, con todo gusto, un cafecito.


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